Ángel Ganivet (Granada, 1865-Riga, 1898). Su obra más conocida, el Idearium español, se plantea el problema de la decadencia española. Ganivet cree hallar la respuesta a estas procupaciones en la determinación precisa de la inteligencia y el "alma" española, atributos que harán posible una nueva conquista, esta vez de carácter espiritual.

Fragmento del Idearium (1) español de Angel Ganivet (1897)

Es indispensable forzar nuestra nación a que se desahogue racionalmente, y para ello hay que infundir nueva vida espiritual en los individuos y por ellos en la ciudad y en el Estado. Nuestra organización política hemos visto que no depende del exterior; no hay causa exterior que aconseje adoptar esta o aquella forma de gobierno: nuestras aspiraciones de puertas afuera o son infundadas o utópicas, o realizables a tan largo plazo, que no es posible distraer a causa de ellas la atención y continuar viviendo a la expectativa. La única indicación eficaz que del examen de nuestros intereses exteriores se desprende es que debemos robustecer la organización que hoy tenemos y adquirir una fuerza intelectual muy intensa, porque nuestro papel histórico nos obliga a transformar nuestra acción de material en espiritual. España ha sido la primera nación europea engrandecida por la política de expansión y de conquista; ha sido la primera en decaer y terminar su evolución material, desparramándose (2) por extensos territorios, y es la primera que tiene ahora que trabajar en una restauración política y social de un orden completamente nuevo: por tanto, su situación es distinta de las demás naciones europeas, y no debe de imitar a ninguna, sino que tiene que ser ella la iniciadora de procedimientos nuevos, acomodados a hechos nuevos también en la Historia. Ni las ideas francesas, ni las inglesas, ni las alemanas, ni las que puedan más tarde estar en boga, nos sirven, porque nosotros, aunque inferiores en cuanto a la influencia política, somos superiores, mas adelantados en cuanto al punto en que se halla nuestra natural evolución; por el hecho de perder sus fuerzas dominadoras (y todas las naciones han de llegar a perderlas), nuestra nación ha entrado en una nueva fase de su vida histórica y ha de ver cuál dirección le está marcada por sus intereses actuales y por sus tradiciones.

El problema político que España ha de resolver no tiene precedentes claros y precisos en la Historia. Una nación fundadora de numerosas nacionalidades logra, tras un largo período de decadencia, reconstituirse con la fuerza política animada por nuevos sentimientos de expansión: ¿qué forma ha de tomar esta segunda evolución para enlazarse con la primera y no romper la unidad histórica a que una y otra deben de subordinarse? Porque aquí la unidad no es un artificio, sino un hecho; el artificio será cortar con la tradición y pretender comenzar a vivir nuestra vida, como si fuéramos un pueblo nuevo, acabado de sacar del horno (3). España tiene acaso caminos abiertos para emprender (4) rumbos (5) diferentes de los que le señala su historia; pero un rompimiento con el pasado sería una violación de las leyes naturales, un cobarde abandono de nuestros deberes, un sacrificio de lo real por lo imaginativo. Ninguna nueva acción exterior puede conducirnos a restaurar la grandeza material de España, a reconquistarle el alto rango que tuvo; nuestras nuevas empresas serían como las pretensiones de esos viejos impenitentes que, en lugar de resignarse y consagrarse al recuerdo de sus nobles amores juveniles, se arrastran en busca de nuevos amores fingidos, de nuevas caricias pagadas, de parodias risibles, cuando no repugnantes, de las bellas escenas de la vida sentimental.

En cambio, si por el solo esfuerzo de nuestra inteligencia lográsemos reconstituir la unión familiar de todos los pueblos hispánicos, e infundir en ellos el culto de unos mismos ideales, de nuestros ideales, cumpliríamos una gran misión histórica, y daríamos vida a una creación, grande, original, nueva en los fastos (6) políticos; y al cumplir esa misión no trabajaríamos en beneficio de una idea generosa, pero sin utilidad práctica, sino que trabajaríamos por nuestros intereses, por intereses más trascendentales que la conquista de unos cuantos pedazos de territorio. Puesto que hemos agotado (7) nuestras fuerzas de expansión material, hoy tenemos que cambiar de táctica y sacar a la luz las fuerzas que no se agotan nunca, las de la inteligencia, las cuales existen latentes en España y pueden, cuando se desarrollen, levantamos a grandes creaciones que, satisfaciendo nuestras aspiraciones a la vida noble y gloriosa, nos sirvan como instrumento político, reclamado por la obra que hemos de realizar. Desde este punto de vista, las cuestiones políticas a que España consagra principalmente su atención sólo merecen desprecio. Vivimos imitando, debiendo de ser creadores; pretendemos regir nuestros asuntos por el ejemplo de los que vienen detrás de nosotros, y andamos a caza de formas de gobierno, de exterioridades políticas, sin pensar jamás qué vamos a meter dentro de ellas para que no sean pura hojarasca (8).

La organización de los poderes públicos no es materia muy difícil, no exige ciencia ni arte extraordinarios, sino amplitud de criterio y buena voluntad. Una sociedad que comprende sus intereses organiza el poder del modo más rápido posible y pasa a otras cuestiones más importantes; una nación que vive un siglo constituyéndose no es nación seria; en ese hecho sólo da a entender que no sabe adónde va, y que por no saberlo no entretiene discutiendo el camino que conviene seguir. Los poderes no son más que andamiajes (9); deben de estar hechos con solidez para que se pueda trabajar sobre ellos sin temor a accidentes: lo esencial es la obra que, ya de un modo, ya de otro, se ejecuta. La obra de restauración de España está muy cerca del cimiento; el andamiaje sube hasta donde con el tiempo podrá llegar el tejado (10), y hay gentes insaciables e insensatas que no están contentas todavía. La falta de fijeza que se nota en la dirección de nuestra política general es sólo un reflejo de la falta de ideas de la nación; de la tendencia universal a resolverlo todo mediante auxilios extraños, no por propio y personal esfuerzo: la nación entera aspira a la acción exterior, a una acción indefinida y no comprendida que realce (11) nuestro mermado (12) prestigio; las ciudades viven en la mendicidad (13) ideal y económica, y todo lo esperan del Estado; sus funciones son reglamentarias y materiales: cuando conciben algo grande, no es ninguna grandeza ideal, sino una grandeza cuantitativa, el ensanche (14), que viene a ser una reducción de la idea de agrandamiento nacional por medio de la anexión de territorios o terrenos que no nos hacen falta; los individuos trabajan lo suficiente para resolver el problema de no trabajar, de suplir el trabajo personal que requiere gasto de iniciativas y de energías por alguna función rutinaria, concuerde o no concuerde con las aptitudes o los escasos conocimientos adquiridos. En suma, las esperanzas están siempre cifradas (15) en un cambio exterior favorable, no en el trabajo constante e inteligente.

Dadas estas ideas, los cambios políticos sirven sólo para torcer (16) más los viciados instintos. Un ejemplo muy claro nos ofrecen nuestras universidades. Se creyó encontrar el remedio para nuestra penuria (17) intelectual infundiendo a los centros docentes nueva savia (18), transformándolos de escuelas cerradas en campos abiertos, como se dice, la difusión de toda clase de doctrinas. Y la idea era buena, y lo sería si no estuviera reducida a un cambio de rótulo (19). Porque la libertad de la cátedra (20) no es buena ni mala en sí: es un procedimiento que puede ser útil o inútil, como el antiguo, según el uso que de él se haga. La enseñanza exclusivista sería buena si los principios en que se inspira tuviesen vigor bastante, sin necesidad de las excitaciones de la controversia, para mantener vivas y fecundas las ciencias y las artes de la nación: por este sistema tendríamos una cultura un tanto estrecha de criteria e incompleta; pero, en cambio, tendríamos la unidad de inteligencia y de acción. Sólo cuando las doctrinas decaen y pierden su fuerza creadora se hace necesario introducir levadura (21) fresca que les haga de nuevo fermentar. La enseñanza libre (y no hablo de las formas ridículas que en la práctica ha tornado en España) tiene también, como todas las cosas, dos asas (22) por donde cogerla: el punto flaco es la falta de congruencia entre las diferentes doctrinas, el desequilibrio intelectual que las ideas contradictorias suelen producir en las cabezas poco fuertes; la parte buena es la impulsión que se da al espíritu para que con absoluta independencia elija un rumbo propio y se eleve a concepciones originales. Nosotros hemos tocado el mal, pero no el bien. Se decía que la enseñanza católica nos condenaba a la atrofia intelectual; la libertad de enseñanza nos lleva a un rápido embrutecimiento.

Sabemos que en esta o aquella universidad existen rivalidades seudocientíficas, porque leemos u oímos que los adherentes a los diversos bandos han promovido un tumulto [...]. Lo que había antes ni hay ahora, o honradísimas excepciones, es quien cultive la ciencia científicamente y el arte artísticamente; se han perdido todos los pesos y todas las medidas, salvándose sólo una: la de las funciones públicas; sea cual fuere la especie y mérito de una obra, sabemos que no será estimada sino después que el autor ocupe un buen puesto en los escalones (23) sociales. De aquí la subordinación de todos nuestros trabajos, de nuestros escasos trabajos, al interés puramente exterior; y aún hay mérito en los que los subordinan puesto que la generalidad los suprime del todo y se contenta con los puestos de los escalafones (24). Las universidades, como el Estado, como los Municipios, son organismos vacíos; no son malos en sí, ni hay que cambiarlos; no hay que romper la máquina: lo que hay que hacer es echarle ideas para que no ande en seco. Para romper algo, rompamos el universal artificio en que vivimos, esperándolo todo de fuera y dando a la actividad una forma exterior también; y luego transformaremos la charlatanería (25) en pensamientos sanos y útiles, y el combate externo que destruye en combate interno que crea. Así es cómo se trabaja por fortalecer los poderes públicos, y así es cómo se reforman las instituciones.

Si yo fuera consultado como médico espiritual para formular el diagnóstico del padecimiento (26) que los españoles sufrimos (porque padecimiento hay y de difícil curación), diría que la enfermedad se designa con el nombre de "no querer", o en términos más científicos por la palabra griega "aboulia" (27), que significa eso mismo, "extinción o debilitación grave de la voluntad" [...].

De lo dicho se infiere cuan disparatado es pretender que nuestra nación recobre la salud perdida por medio de la acción exterior; si en lo poco que hoy hacemos revelamos nuestra flaqueza, ¿qué ocurriría si intentáramos acelerar más el movimiento? La restauración de nuestras fuerzas exige un régimen prudente, de avance lento y gradual, de subordinación absoluta de la actividad a la inteligencia, donde está la causa del mal y adonde hay que aplicar el remedio. Para que la acción sea útil y productiva, hay que pensar antes de obrar, y para pensar se necesita, en primer término, tener cabeza. Este importante órgano nos falta desde hace mucho tiempo, y hay que crearlo, cuéstenos lo que nos cueste. No soy yo de los que piden un genio, investido de la dictadura; un genio sería una cabeza artificial que nos dejaría luego peor que estamos. El origen de nuestra decadencia y actual postración se halla en nuestro exceso de acción, en haber acometido empresas enormemente desproporcionadas con nuestro poder; un nuevo genio dictador nos utilizaría también como fuerzas ciegas, y al desaparecer, desapareciendo con él la fuerza inteligente, volveríamos a hundirnos sin haber adelantado un paso en la obra de restablecimiento de nuestro poder, que debe de residir en todos los individuos de la nación y estar fundado sobre el concurso de todos los esfuerzos individuales [...].

Así como creo que para las aventuras de la dominación material muchos pueblos de Europa son superiores a nosotros, creo también que para la creación ideal no hay ninguno con aptitudes naturales tan depuradas (28) como las nuestras. Nuestro espíritu parece tosco (29), porque está embastecido (30) por luchas brutales; parece flaco, porque esta sólo nutrido de ideas ridículas, copiadas sin discernimiento, y parece poco original, porque ha perdido la audacia, la fe en sus propias ideas, porque busca fuera de sí lo que dentro de sí tiene. Hemos de hacer acto, de contrición colectiva; hemos de desdoblarnos (31), aunque muchos nos quedamos en tan arriesgada operación, y así tendremos pan espiritual para nosotros y nuestra familia, que lo anda mendigando por el mundo, y nuestras conquistas materiales podrán ser aún fecundas, porque al renacer hallaremos una inmensidad de pueblos hermanos a quienes marcar con el sello (32) de nuestro espíritu.

 

(1) idearium (latín) = ideario: repertorio de las principales ideas de un autor, escuela, etc.
(2) desparramar: esparcir, extender, separar lo que está junto
(3) horno: aparato para cocinar
(4) emprender: empezar, dar comienzo a una obra o empresa
(5) rumbo: dirección, camino
(6) fastos: tablas cronológicas de los antiguos romanos; anales o relación de sucesos memorables por orden cronológico
(7) agotar: gastar del todo, consumir
(8) hojarasca: conjunto de hojas secas; (fig.) cosa aparatosa, pero de poco provecho, especialmente en lo que se dice o escribe
(9) andamiaje: conjunto de armazones provisionales de talbones o metálicos, montado para la construcción, mantenimiento o reparación de edificios
(10) tejado: parte superior y exterior de un edificio
(11) realce: del verbo 'realzar' con significado de aumentar
(12) mermado: disminuido
(13) mendicidad: estado y situación de mendigo [persona que vive habitualmente de pedir limosna]
(14) ensanche: dilatación, extensión, ampliación
(15) cifrar: valorar cuantitativamente, en especial pérdidas y ganancias
(16) torcer: encorvar o doblar una cosa recta; dar vueltas a una cosa; mudar, cambiar, desviar
(17) penuria: insuficiencia, falta de algo, especialmente de aquello que se necesita para vivir
(18) savia: líquido que circula por las diversas partes de los vegetales; (fig.) aquello que da vida o infunde energía
(19) rótulo: cartel anunciador o indicador
(20) cátedra: cargo o plaza de catedrático [profesor]
(21) levadura: hongo unicelular que produce la fermentación alcohólica de las soluciones azucaradas o de las masas harinosas
(22) asa: parte que sobresale de un objeto y que sirve para asirlo
(23) escalón: peldaño
(24) escalafón: lista de los funcionarios de la administración, clasificados según su empleo, antigüedad, etc.
(25) charlatanería: locuacidad sin sustancia
(26) padecer: recibir la acción de algo que causa dolor físico o moral; sufrir una enfermedad
(27) abulia (español): ausencia patológica de voluntad, sin que exista trastorno somático ni intelectual
(28) depurar: quitar las impurezas de una cosa
(29) tosco: rústico, carente de cultura y educación
(30) embastecido: hilvanado, tejido
(31) desdoblar: formar dos o más cosas por separación de los elementos que suelen estar juntos en una
(32) sello: utensilio que sirve para estampar sobre una carta, documento, etc., la estampilla de una empresa, entidad, organismo oficial, etc.